Amazonia

Hector Abad Faciolince.

Pasar un tiempo en la selva amazónica es una de las experiencias más sobrecogedoras que existen. La vida allí es plena, pero no plácida. La selva húmeda tropical es lo opuesto a las onduladas tonalidades arenosas del desierto o a la monotonía blanca de los polos, pero vivir allí es casi tan duro como vivir en el hielo de las nieves perpetuas o en la aridez de las dunas del desierto. Internarse en ese mar “donde el verde es de todos los colores” da una sensación de regreso a los orígenes: acabamos de bajar de los árboles y exploramos un mundo virgen, casi incomprensible, un mundo que nos aturde con su misma plenitud de vida: todo puede ser alegría o amenaza, alimento o veneno. Solo los indios dominan el alfabeto indescifrable de las plantas, los insectos, los animales, las aguas, las raíces y las sendas. No lo conquistan ni lo dominan: se integran a él y con él conviven o con él mueren. Nosotros, venidos de otro mundo, el de la cordillera, quedamos atónitos, ensordecidos por un millón de estímulos contradictorios, y en la selva vivimos el mismo asombro de niños recién asomados al mundo. Un mundo inmenso, sin duda amenazado, pero un mundo que todavía existe, y que en muchas partes se conserva casi intacto. La amazonia colombiana ha sido bendecida en los últimos decenios por dos de nuestras más nefastas maldiciones: la guerrilla y la corrupción. Por el miedo a ser reclutados, atacados o secuestrados por la guerrilla, los colonos dejaron de adentrarse en la selva, y la dejaron casi intocada. Y gracias a la corrupción de los gobiernos locales, nunca se construyeron las carreteras y vías de penetración que estaban planeadas para internarse selva adentro. Esas dos maldiciones la han protegido de dos de los mayores depredadores del planeta: el hombre mestizo y, sobre todo, el hombre blanco. Otra maldición –los narcotraficantes y paramilitares– tampoco consiguió bendecir con su amarga riqueza esta parte del país: la calidad de la coca cultivada por los indígenas en esta zona era ínfima (dejaba muy poco rendimiento de alcaloide) y así, muy pronto dejaron de interesarse también por sus cultivos y cosechas de coca. Y una maldición más –que en casi todas partes es vista como una desgracia–, la migración de los jóvenes a las ciudades, ha dejado aquí inmensas extensiones del territorio habitadas por unos pocos puñados de comunidades indígenas dispersas en las que solo han resistido aquellos más apegados a sus costumbres, sus tradiciones, su relación con la tierra y sus culturas ancestrales. El resultado es un inmenso país (del tamaño de las islas británicas) habitado por unas 40 mil personas cuyo territorio no puede ser invadido, colonizado, gobernado o explotado legalmente por nadie, sino por ellos mismos. Gracias a una extraña y extraordinaria decisión del presidente Virgilio Barco, las comunidades indígenas de buena parte de la amazonia colombiana son las dueñas inalienables de la finca más grande y exuberante del planeta; un país dentro de otro país, que parece querer conservarse así –virginal, duro y secreto– para siempre.

El riesgo más grande para la conservación cultural y ambiental de la selva podría venir del subsuelo (que sigue siendo de la Nación), es decir, de esa maldición vestida de bendición que sería la riqueza mineral escondida bajo la tierra. Hoy no hay peligro mayor que la minería para la integridad ecológica de la amazonia colombiana. Con la derrota o el repliegue de la guerrilla, con la decepción de los narcos, con la llegada de gobernantes menos corruptos y más eficientes, un nuevo tipo de pertinaces visitantes ha aparecido en estos territorios de frontera: los geólogos. En muchos rincones de la amazonia se los ve y por todos lados se los reconoce recorriendo los ríos, haciendo excavaciones y mandando pruebas de suelo a los laboratorios nacionales o internacionales. Algunos de estos geólogos han sido contratados por grandes compañías mineras del mundo para que manden muestras de las piedras y los minerales. Y al mismo tiempo hacen lo posible por comprar al Gobierno títulos y derechos para, eventualmente, explotar el subsuelo. Si consiguen meterse y superar las salvedades y precauciones que hay para proteger estos territorios, nuestra generación será la última en ver esta maravilla. Susana Mejía se ha embelesado con una de las cualidades más fascinantes de esta región infinita: las plantas y los procedimientos que sirven para sacar de los vegetales (cortezas, hojas, frutos, savias) colores innumerables. Con su curiosidad y asombro ha conseguido que algunas mujeres indígenas le revelen secretos ancestrales y ha aprendido con ellas a extraer del verdor tonalidades que replican la variedad de todo el territorio. En telas, tejidos y papeles ha hecho una hermosa expedición colorística que, casi sin darse cuenta, se ha convertido en obra de arte. Una obra de arte que combina la ecología, la geografía, el color y la belleza de las formas. Ha tomado una parte del conjunto y lo que maravilla es que en esa parte –como en las sinécdoques de los poetas– parece que estuviera reflejado el todo: ha reconocido en el ruido multitudinario una melodía de colores, y como quien extrae la esencia de un líquido, de una raíz, de una hoja o de un fruto, ha decantado una especie de alcaloide que no es dañino: las sustancias más puras y evocadoras de nuestras selvas: las tonalidades que están escondidas en el unánime verde y se convierten, como por arte de magia, en una infinita gama de colores distintos.