Color América

Juan Luis Mejía.

Hemos perdido el significado de los colores de América antes de la llegada de los europeos a las costas del nuevo mundo. Solo por deducciones arqueológicas sabemos que el magenta era de uso exclusivo del Inca; o que el amarillo, como todavía ocurre con algunos grupos amazónicos, hace referencia a la deidad mayor, el Sol, asociado con sus símbolos terrenales, el oro y el jaguar. Cuando en 1500 un viento contrario desvió las naves de Pedro Álvarez Cabral y las arrojó a costas inesperadas, le entregó de manera fortuita casi la mitad del continente al reino de Portugal y permitió a los navegantes conocer un árbol cuyo tronco tenía la tonalidad de las brasas y la dureza de los metales. El palo brasil le dio el nombre a un inmenso país y, por muchos años, fue el sustento económico de la colonia. Gracias al color que desprendía su corteza, fue la mercancía más codiciada por los tintoreros italianos que fabricaban las capas de terciopelo de los cardenales vaticanos. Unos años más tarde del descubrimiento del palo color de brasa encendida, los conquistadores de México se enteraron de la existencia de un diminuto insecto hemíptero que vivía en las hojas del nogal, que, machacado y convertido en polvo, servía para teñir de grana a las finas telas de seda y lana. Por mucho tiempo la cochinilla fue uno de los más importantes productos de exportación de Centroamérica. De manera que los europeos que se embarcaron en busca de las especies, regresaron cargados de objetos inesperados: plumas de quetzal y guacamayo; oro y plata; la palabra canoa; la hamaca para dormir debajo de la cubierta de las carabelas; tabaco para echar humo por la nariz; y pepas de cacao, bulbos de papa, maíz, tomates y aguacates. También, tinturas de colores encendidos que permitieron a la nobleza diferenciarse del resto de los mortales.

América contribuyó a que el mundo tuviera una nueva gama en su vestuario. Dada la dficultad para adquirir pigmentos europeos, los pintores coloniales ameri- canos debían recurrir a su ingenio y a la tradición aborigen para obtenerlos. Mucha de esa tradición se perdió en el trasegar de los tiempos. Hoy por ejemplo, no dejamos de sorprendernos de la calidad y la precisión de los pintores botánicos del siglo XVIII. Los cánones científicos exigían la máxima exactitud en la representación de cada una de las partes de la planta, pero también en su color. ¿De dónde salían? Aquel grupo variopinto de hombres asentados en Mariquita ¿cómo obtenían la maravillosa variedad de tonos dedignos con los que iluminaban los dibujos elaborados por Salvador Rizo o Francisco Javier Matís? A la selva amazónica penetran con distintos objetivos: unos anhelan fortuna, otros olvido. La mayoría busca riqueza material y otros, admirables, conocimiento científico que permita comprender la riqueza biológica y antropológica que guarda la última gran reserva de la humanidad. En los últimos años, una mujer menuda, casi frágil, se adentra en la selva en busca del color. Sí, del color que guardan en sus entrañas múltiples plantas de nombres exóticos. No sabría de nir con precisión cuál es la profesión de Susana Mejía. Sé que tiene la sensibilidad del artista, la curiosidad del expedicionario, la meticulosidad del taxónomo, el respeto ante el otro que debe tener el antropólogo. El resultado de esta rica combinación es un mundo sorprendente de color vegetal que se expresa en múltiples soportes e inunda de belleza la anodina vida cotidiana. Este libro es un ejemplo de la riqueza visual que Susana y las mujeres del Amazonas extraen de una flora en peligro de desaparecer.