El Rito del Color.

Alberto Sierra

El color para los indígenas está asociado a los ritos. En este proyecto el rito se ordena y se registra. La ceremonia se elabora y se piensa para que, junto a las imágenes y los sonidos, construya una obra de arte que ponga en evidencia la importancia del proceso y del trabajo colectivo. Este ejercicio descubre paletas de color que no existían, dentro de ellas la simple denominación del color —rojo o verde— no es posible. Los colores, sus variaciones y diversos matices, aparecen gracias al proceso y a la experimentación, al ensayo y al error, al vertido caprichoso y al secado lento, a la musicalización y al viaje. Es así como el color constituye un producto cercano a la ciencia y, al mismo tiempo, una labor de arte. La obra presente en este libro replantea la literación de lo natural sobre la superficie y el papel del azar en el proceso creativo. La pintura, y propiamente el color, invade el espacio; pero sin el sonido de la selva, las plantas, los herbarios, los documentos, los monotipos, los archivos y la imagen en movimiento perdería su encanto, porque la potencia de este trabajo, y es de reiterarlo, reside en asumir como un ritual el proceso de creación del color.

Aquí el asombro lo produce el trabajo colectivo; más que la obra entendida como tal, estamos ante una obra archivo o laboratorio que va con igual interés de lo abstracto a lo expresionista, de lo antropológico a lo botánico. Cada color es un descubrimiento, una oportunidad de conocer el lugar geográfico. Esta obra sincroniza el arte con el trabajo comunitario y el conocimiento botánico, plantea de este modo una ecología artística. El color de la selva queda pues recontextualizado y resignificado.