Libro, estudio, herbario… jardín

Carlos Mesa G.

Quien pueda visitar el herbario de la autora de este libro, ingresará en un jardín: Cortinas de tintas encabuyadas y arrumes de apósitos empapelados aparecen trasplantados. Las primeras respiran colgadas: apenas secas, ya resbalan en goteras por el suelo; los segundos escurren encajonados: acaso aplicados, ya empegotan en grumos por el cuerpo vestido. Unas veces, el espacio se lo toma a uno: quien ingresa, habrá de ser tocado por cabuyas tullidas y papeles inútiles. Otras veces, adentro, uno comienza a bebérselo, a ponérselo, al mismo espacio, en brebajes y compresas: ¡Qué olores impregnan! ¡Qué manchas maquillan! ¡Qué sabores invaden! ¡Qué texturas acosan! No es un laboratorio: las sustancias húmedas, albergadas, se resisten al análisis. No se dejan clasificar ni someter a ningún espacio abstracto. Ellas no son los objetos de una botánica que traería, reducida, la esencia floral de algún lugar legendario (digna, ahora, de la ciencia).

Lo que se puede visitar viene esparcido: Lo esencial de cada planta disecada, se escapa en variedades de olores, colores, sabores y texturas que los gestos de la autora contorsionan. El lugar parece in-forme: no sabe cómo presentarse, no tiene formato ni método; carga plagas y va dispuesto a recoger otras tantas; a las plantas disecadas no se las puede ver ni oír: al contacto, desprenden, embarullan… Acá no habitan objetos sino materias sensibles. No es laboratorio. Es labor de arte: Apenas ingresa, cada cuerpo se inunda de mezclas: las plantas escogidas y conservadas, no lo son, no tienen figura ni límites. Lo que ahí habita son sustancias vivas o maneras animadas. No son ejemplares precisos y completos; lo que uno visita es difuso… ¡Otros modos de ser han sido creados! Este jardín es un espacio del arte, como bien se ha dicho: un espacio viviente.