Verde y Azul.

Maria José Sanin.

Un amigo que acababa de llegar de vivir por años en Vaupés recordó, al referirse a unos ojos que lo tenían conmocionado, que para las etnias de los ríos Tiquié y Pirá-Paraná el verde y el azul son el mismo color. Me intrigó que entre gente del bosque no hubiera más nombres para el verde. Pensaría uno que la habitud conduce a la especialización. Años después encontré una revisión sobre el origen del color del follaje. Escrita por europeos, la primera categoría incluía a la gran mayoría, las plantas verdes. Pigmentos llamados clorofilas, que absorben las luces roja, azul y violeta, y reflejan la luz verde, encierran en su estructura un átomo de magnesio rodeado por anillos nitrogenados capaces de excitarse con la luz para donar electrones y crear un gradiente eléctrico que eventualmente genera energía química. La otra categoría, indiscutible mente merecedora de un lugar aparte pero con escasos representantes, incluía las plantas azules.

A pesar de su espectacular brillo iridiscente, que resalta entre la fronda sombría del sotobosque tropical, estas plantas se convierten al verde al ser expuestas al sol o al sumergirlas en agua. El punto es que un análisis químico de las hojas arrojó que estas poseen los mismos pigmentos de la primera clase. Bastaron exámenes ópticos simples para esclarecer que el azul en las hojas de selaginelas y helechos, así como en las alas de algunas mariposas, resulta de la interferencia de haces de luz refractados en ángulos disparejos, por capas intercaladas de celulosa o por estriaciones de la epidermis, cualquiera que sea su pigmentación. Este fenómeno estructural sirve de guía en el bosque a insectos, aves y otros organismos que perciben distinto los colores.